Bordeando
una curva más de las aguas amarillentas del río Orteguaza en el Caquetá, atracó
a las orillas del muelle sobre rústicas escaleras, la canoa que había tomado en
la hacienda Larandia tres horas atrás. Las piernas entumecidas y la piel
ardiendo bajo un sol despiadado no me impidieron ver que había llegado a Milán,
un pueblo de casas con techos de zinc y paredes de tablas mal ajustadas que
dejaban ver las ranuras en sus costados.
Cuatro calles polvorientas apenas descapotadas enmarcaban la plaza principal, alguien les había arrojado un par de carretilladas de gravilla del río, rellenando grandes bostezos de barro abiertos por los coches, avancé sobre la margen derecha, para hallar el único restaurante que había alrededor de la plaza. En la puerta, mientras me
invitaba a seguir, una matrona pelaba un gajo de cebollas largas y pude ver
cómo pulía cada capa sin desperdiciar el más mínimo hollejo.
La
sopa era generosa en grandes círculos de aceite en los que humeaban la pasta de
letras junto a trozos de papas, y la ensalada de repollo con trocitos de tomate
y ruedas de cebolla cabezona, acompañaba
al arroz blanco que acogía un trozo casi transparente de carne pasada por la
sartén. Una tajada frita de plátano maduro y una porción pequeña de espagueti
muy pronto desaparecieron del plato. La sed me obligó a tomar la agüapanela con
limón, servida a la temperatura del momento.
Haciendo
esquina con el restaurante, se encontraba la iglesia y adyacente el colegio
Marco Fidel Suárez, destino de mi viaje. La edificación ocupaba toda una
manzana, construida con bloques y paredes de cemento, pintadas de verde-limón
que el tiempo y la lluvia habían desvanecido.
El
rector del colegio era un cura de risa fácil y baja estatura. Me acogió con
alegría y quiso que de una vez fuera a conocer a los estudiantes de noveno
grado. Yo me resistí diciendo que necesitaba bañarme porque el calor y el viaje
me tenían agobiada, pero él insistió con un argumento imposible de rebatir, “ellos también están sudados”.
Y
de repente me encontré sola, frente a 25 rostros que me miraban expectantes. En
la escuela Normal mis prácticas con niños de primaria, acostumbrados a la
mirada atenta de su maestra titular, que calificaba cada parte de mi planeación
escolar y cronometraba el tiempo para que la novel maestra no se saliera del
libreto revisado, no me prepararon para este encuentro.
¿Qué
motivación emplear? En ráfagas pasaban por mi mente algunas de las que había
usado: “Hola, esta soy yo…”; “Me llamo y vine…”; “Llegó un telegrama y dice…”;
“Mi epitafio es…”; pero supe que ninguna se acomodaba a este momento. Nos miramos
de hito en hito, mientras el silencio se adueñó del salón. Y entonces me dieron
ganas de llorar. Estaba a caballo entre dos horas de clase y no sabía qué
hacer.
Fue
allí cuando la oración vino en mi auxilio y empecé a dar gracias, por la vida,
ellos, el colegio y mi familia. Muy pronto a sus plegarias aprendidas desde la
cuna, les siguieron tímidas sonrisas, adobadas con relatos de su familia,los amigos,
su trabajo en las fincas, las ferias, los caballos y el ordeño. “La profe” no
sabía nada de esto y ellos podían enseñarle.
Desde
entonces, no he dejado de aprender.