20 de abril de 2019

El sabor de lo elemental

Todos los textos, imágenes y creaciones están protegidas por los derechos de autor.



Bordeando una curva más de las aguas amarillentas del río Orteguaza en el Caquetá, atracó a las orillas del muelle sobre rústicas escaleras, la canoa que había tomado en la hacienda Larandia tres horas atrás. Las piernas entumecidas y la piel ardiendo bajo un sol despiadado no me impidieron ver que había llegado a Milán, un pueblo de casas con techos de zinc y paredes de tablas mal ajustadas que dejaban ver las ranuras en sus costados.

Cuatro calles polvorientas apenas descapotadas enmarcaban la plaza principal, alguien les había arrojado un par de carretilladas de gravilla del río, rellenando grandes bostezos de barro abiertos por los coches, avancé sobre la margen derecha, para hallar el único restaurante que había alrededor de la plaza. En la puerta, mientras me invitaba a seguir, una matrona pelaba un gajo de cebollas largas y pude ver cómo pulía cada capa sin desperdiciar el más mínimo hollejo.

La sopa era generosa en grandes círculos de aceite en los que humeaban la pasta de letras junto a trozos de papas, y la ensalada de repollo con trocitos de tomate y ruedas de cebolla cabezona,  acompañaba al arroz blanco que acogía un trozo casi transparente de carne pasada por la sartén. Una tajada frita de plátano maduro y una porción pequeña de espagueti muy pronto desaparecieron del plato. La sed me obligó a tomar la agüapanela con limón, servida a la temperatura del momento.

Haciendo esquina con el restaurante, se encontraba la iglesia y adyacente el colegio Marco Fidel Suárez, destino de mi viaje. La edificación ocupaba toda una manzana, construida con bloques y paredes de cemento, pintadas de verde-limón que el tiempo y la lluvia habían desvanecido.

El rector del colegio era un cura de risa fácil y baja estatura. Me acogió con alegría y quiso que de una vez fuera a conocer a los estudiantes de noveno grado. Yo me resistí diciendo que necesitaba bañarme porque el calor y el viaje me tenían agobiada, pero él insistió con un argumento imposible de rebatir, “ellos también están sudados”.

Y de repente me encontré sola, frente a 25 rostros que me miraban expectantes. En la escuela Normal mis prácticas con niños de primaria, acostumbrados a la mirada atenta de su maestra titular, que calificaba cada parte de mi planeación escolar y cronometraba el tiempo para que la novel maestra no se saliera del libreto revisado, no me prepararon para este encuentro.

¿Qué motivación emplear? En ráfagas pasaban por mi mente algunas de las que había usado: “Hola, esta soy yo…”; “Me llamo y vine…”; “Llegó un telegrama y dice…”; “Mi epitafio es…”; pero supe que ninguna se acomodaba a este momento. Nos miramos de hito en hito, mientras el silencio se adueñó del salón. Y entonces me dieron ganas de llorar. Estaba a caballo entre dos horas de clase y no sabía qué hacer.

Fue allí cuando la oración vino en mi auxilio y empecé a dar gracias, por la vida, ellos, el colegio y mi familia. Muy pronto a sus plegarias aprendidas desde la cuna, les siguieron tímidas sonrisas, adobadas con relatos de su familia,los amigos, su trabajo en las fincas, las ferias, los caballos y el ordeño. “La profe” no sabía nada de esto y ellos podían enseñarle.

Desde entonces, no he dejado de aprender.

La Cita

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Te espere ayer
con los ojos en silencio
la garganta dispuesta al “te quiero”
las manos a la  caricia.
Te esperé ayer
con la mente llena
de fantasía e ilusión
con el alma clara en las manos.

Te esperé ayer
vida
te esperé.

Mi voz perdida para todo
lo que no fuera tú
el nerviosismo sincero
de la novia y su primer cita.

Y no fuiste...

Ya no habrá para ti
días de marzo
con citas tranquilas
a la luz de la tarde.

Muere acaso lentamente
la ilusión primera ?.